Flamenco se escribe con mayúsculas

Manuel Ángeles Ortiz realizó el cartel del Primer Festival del Cante Jondo (1922, Granada). En él aparece como figura central un corazón que sangra y un ojo que llora, ambos atravesados por espadas. El dibujo representa el dolor mismo que acompaña al Flamenco desde sus cantes más primitivos, como la Siguiriya o la Soleá, ambos palos escritos en mayúsculas. El mismo artista seguramente también se representa a sí mismo en este dibujo: parecía ver su mismo futuro, fuertemente marcado por la tragedia.

Y es que aunque a través del Flamenco se puedan expresar todo tipo de sentimientos habidos y por haber, tristes o alegres, de euforia o depresión, parece que el Flamenco y, en especial, el Cante Jondo donde más llega es al dolor. Al centro mismo de cualquier corazón que sufra. De este modo es fácil entender por qué uno de los comentarios que más oímos a quienes disfrutan de nuestra ruta de Flamenco "Siente el Flamenco" es que los artistas parecen estar expresando emociones muy dolorosas. Lo notan en sus caras, en el sonido de las voces, en la pasión y energía del baile, en el movimiento de manos de guitarristas, cantaores y bailaores. Solemos responderles que lo que están sintiendo es el Quejío. No hay otra palabra con la que expresarlo mejor. Al fin y al cabo, el Flamenco viene de pueblos fuertemente perseguidos, y por eso ancla sus raíces en Andalucía, donde moriscos, judíos y gitanos sufrieron una intensa persecución. Sin esta mezcla de culturas es imposible entender el origen del Flamenco. ¿Quién no ha recordado la llamada a la oración desde los minaretes al oír un cante? ¿Quién no ha pensado en el toque a la guitarra flamenca al oír canciones sefardíes? Es imposible también no pensar en los bailes africanos, probablemente integrados en el Flamenco a través de los esclavos. Por supuesto, la historia de todos estos pueblos, y cómo no la de los gitanos, está contada y cantada en el Flamenco. Y se sigue cantando, como por ejemplo en estos tientos de El Lebrijano, donde maldice la ley del siglo XV que obligó a los gitanos a perder su identidad so pena de destierro. “Renieguen de su libertad y dejen de ser gitanos”, repite cantando El Lebrijano.  Las políticas perseguían la asimilación total de la población, homogeneizarla: aniquilar la diferencia, como bien refleja este azulejo, en el que es posible leer que incluso se prohibió a moriscos su música, cantares y sus fiestas. Así, no es de extrañar que el flamenco sea también una manera de compartir una desgracia colectiva, una respuesta a la persecución.

Sin embargo, etimológicamente y según la RAE, Flamenco viene del neerlandés flaming… ¿Cómo es posible que la RAE no haya sido capaz de llegar a la raíz de la palabra? Una expresión cultural que ancla sus raíces en Andalucía, en su multiculturalidad, y ¿va a ser que la palabra que la define viene de Flandes? Aunque son muchísimas las teorías sobre el origen de la palabra, Blas Infante, considerado Padre de la Patria Andaluza, afirmó que Flamenco viene de la etimología árabe felah mengus, que significa ‘campesino errante’ o ‘labradores huidos’. Sea una teoría acertada o no, el campo es donde muchísimas de las personas pertenecientes a estas minorías desarrollaban su vida y trabajaban de sol a sol. Era de las tareas más duras así que no es de extrañar que gitanos y moriscos fueran quienes se dedicaban a ellas.  Y tanto errantes como huidos terminaban siendo expulsados o asimilados, por lo que nos parece más que acertado pensar que Flamenco viene de felah mengus. Recordarlos con estas palabras es cuestión de justicia histórica para con nuestras propias raíces. Y, por supuesto, escribirlo siempre con mayúsculas. 

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